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La caja de Pandora (10-2-15)

Por @beatrizpalmero

Estoy bastante preocupada. Tanto que me veo sugestionada y sólo veo señales negativas. Lo reconozco. Un negro vacío cuando miro hacia delante. Siento hasta vértigo. Me pongo a repasar lo que ha sido el año deportivo y no es que me preocupe, me da pánico, ganas de salir corriendo. Todo apunta al desastre.

Y es que ya desde pretemporada comenzó a torcerse todo. Empezó por crearse un ambiente enrarecido, como si los bolos de preparación fueran competición oficial; un ambiente que se agravó con el desagradable y desafortunado affair Ayoze Díaz.

Pero si pensábamos que todo iba a cambiar con el inicio de competición, nos equivocamos. Porque la suerte, que venía torcida desde la temporada anterior en la que se perdieron partidos en los que el Tenerife mereció ganar (Jaén, Girona, Las Palmas), no pareció que se hubiese enderezado, ni mucho menos, en Ponferrada. No sólo se lesionó la referencia en ataque, Diego Ifrán, para varias semanas, sino que el Tenerife encajó uno de esos goles que rara vez le cuelan a un portero. Sería el primero de muchos otros parecidos, que restaron al Tenerife unos puntos que habrían dado aire y que ahora echamos terriblemente de menos. A esos errores se sumaron otra serie de infortunios en la portería, hasta el punto de empezar a pensar que ese puesto estaba maldito. El primero en caer fue Jacobo, que terminó por marcharse por expresar sus opiniones con demasiada vulgaridad entre otras cosas.

La victoria tardó en llegar para un equipo que había empezado menos acoplado que la campaña anterior, precisamente ante nuestro próximo rival, el Mirandés. Pero ya entonces, como bien afirmó Cervera tras el partido como una terrible premonición, el ambiente era “irrecuperable”. Y aún no había estallado la bomba Ruso García, que, cual gurú televisivo, se convirtió en el azote del entrenador y le aplaudimos por eso, aun sabiendo que nadie en su sano juicio tiraría piedras contra su propio tejado.

La reaparición de Ifrán y su racha goleadora pareció invertir la tendencia. Pero era un espejismo. Tras lograr la primera victoria a domicilio, se lesionó Aitor Sanz, justo cuando Vitolo estaba sancionado, para viajar a Palamós. Allí se lesionó Roberto y perdimos de nuevo al uruguayo para todo un mes. No volvimos a ganar hasta que reapareció el mediocentro, a lo que se unió poco después la vuelta de Ifrán. Pareció entonces que, al fin, se ponía en marcha la maquinaria. El equipo encadenó un mes sin conocer la derrota, Carlos parecía haber acabado con las dudas en torno a la portería y disfrutamos la Navidad con cierto regusto de esperanza. Otro espejismo.

La lesión del tercer portero que alineaba Cervera en Sevilla fue la señal de que la suerte seguía siendo esquiva. Tan esquiva como la puntería, que condenaba a un equipo que empezó a sufrir errores arbitrales de bulto. La inexplicable expulsión por roja directa de Moyano, un gol legal por un metro anulado a Carlos Ruiz, unas manos claras en el área no pitadas… El colmo de la mala suerte. Eso mismo debió pensar Igor Arnáez cuando un balonazo dio con sus huesos en la UCI y, probablemente, con su baja para toda la temporada.

El cambio de técnico parecía inevitable, y nos agarramos al dicho de ‘entrenador nuevo, victoria segura’. Pero el Tenerife es la excepción de la regla. La falta de gol castiga a este equipo y sigue sin disiparse este aire casi irrespirable. Los jugadores se vacían pero cada vez están más cabizbajos, se sienten responsables. De todo. La afición decepcionada, empuja a ratos, pero le puede la rabia.

Miro al cielo y parece que los planetas se han alineado. No veo ninguna señal que no indique que vamos directos al desastre. Repaso la lista. Pensándolo mejor, hay una. Dani Hernández se lució ante el Girona y parece haber roto la maldición de la portería. Déjenme no decirlo muy alto, a ver si se entera este dichoso mal fario y nos estropea la esperanza. Al final, es lo que siempre queda en el fondo de la caja de Pandora. Y a ella me agarro.  No todo van a ser males (y malos) en este mundo.