Por @juanjo_ramos
Algo se rompió aquella mañana de jueves en El Mundialito. Sancionado Vitolo, la lesión de Aitor Sanz dejaba herido de muerte para el domingo al centro del campo del Tenerife. El naufragio se confirmó en uno de esos escenarios sonrojantes: Palamós. Y ante uno de esos rivales que, por mucho que le expliques a tu afición que compite en la misma liga que tú, suena a un «tercera» que te elimina en Copa: el Llagostera.
La pérdida de cabeza de Uli Dávila e Ifrán hicieron el resto. La derrota de aquella tarde no fue perder tres puntos, sino romper una dinámica que empezaba a cambiar por un final de año sin tu referencia goleadora.
Desde entonces, el Tenerife se ha convertido en un equipo que sufre sus partidos. A veces gana (Racing y Sabadell), muchas otras empata (Mallorca, Alcorcón, Sporting y Numancia) y pierde poco (Betis). Pero nunca enamora. Ni evoluciona. Ni desde luego parece divertir ni divertirse.
Algunos dimos por bueno que, hasta la vuelta de Ifrán e incluso unos partidos después, había que aceptar actuaciones pétreas pero efectivas. Fútbol gris. Poco atractivo para el espectador. Todo en busca de puntos que trajeran la confianza para desarrollar un juego más vendible. Una especie de peaje, de paso intermedio, hacia el Tenerife competitivo final. Pero esa versión no acaba de llegar.
Extinguida la primera vuelta, el equipo parece ahora estancado. Conforme incluso con lo que ofrece, algo a todas luces insuficiente para sus seguidores. Hasta los más birrias salieron cabizbajos el domingo del Heliodoro. Y eso no puede volver a suceder. Se trata de no ahuyentar a los más fieles. De elevar el listón de exigencia. Con refuerzos o no, hay que ofrecer más. Y no me refiero a goleadas ni play off. Simplemente a un equipo del que sentirse orgulloso. Aunque sea sufriendo por no descender.
El discurso del esfuerzo y el compromiso, algo imposible de discutir a este humilde y trabajador grupo de futbolistas, no vale como un todo. Sí como el inicio de algo más. Como la base sobre la que debe sustentarse el resto del producto a ofrecer a aquellos que de verdad quieren estar con el Tenerife.
Atrás queda el utópico objetivo convencer a los fatalistas, aquellos a los que todo les parece mal. Si juega Roberto porque «es muy malo» y si lo hace Dani Hernández, porque «es una falta de respeto» a su compañero. Y así con todo. Esos que acabarán riéndose de los que sigan yendo al Heliodoro. Esos que alguna vez fueron del Tenerife. Y se olvidaron. O incluso que nunca fueron porque solo son aficionados a ellos mismos o a fastidiar el sueño de los demás.