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Nostalgias (30-12-14)

Por @beatrizpalmero

Siempre me ha parecido que las fiestas navideñas tienen un no sé qué de nostálgico, sensación que con los años se acrecenta. Ya desde que marché a la Universidad, Navidad significaba el regreso, la vuelta a esa que considerabas tu vida pero que, en realidad, había dejado de ser tuya desde el mismo momento en que marchaste a otra ciudad que acababa habitando en ti, más que tú en ella. Llegar a la isla era organizar reencuentros con los viejos amigos, recordar los momentos que habíamos pasado juntos y que, de alguna forma, ya no volverían a ser iguales. Era disfrutar de una familia que extrañabas y recorrer aquellos lugares que habías pasado meses añorando.

Y con los años, cada vez más, estas fechas se convierten un lugar de encuentro de viejos recuerdos por excelencia. Inevitable no acordarse de los que no están, de aquellas Navidades de tu vida o de aquellas que quieres olvidar. De las chácaras en la Misa del Gallo a la que ya no vas, de aquellas fiestas de Nochevieja en las que se te iba la vida y de las que ahora huyes, de la ilusión con la que espiabas la víspera de Reyes la escalera de casa en la que siempre acababas dormido y de las personas que significaron tanto en tu vida y de la que ya no tienes noticias.

Y esta última semana me deja nuevos puñados de recuerdos de tiempos pasados y, en ocasiones, felices. En el ya tradicional partido de los Amigos de Vitolo te encuentras con viejas caras conocidas que, en algún momento, dieron vida al Heliodoro, y que ahora lo sobrevuelan con cierta nostalgia. Y por un momento vuelves a ver en acción aquel Tenerife de Pablo Paz y Alexis, vuelves a ver las caras de ilusión de aquellos canteranos que soñaban con un futuro y que volaron en su busca, vuelves a sentir la magia de esos recuerdos que inexplicablemente tenías en el baúl y que de repente brotan sin orden ni concierto: aquella entrevista un tanto difícil, aquel reportaje diferente, aquella broma a destiempo.  Situaciones que se acumulan en tantos años de profesión que empiezan a dejar muchos lugares perdidos por el camino .

Y luego te encuentras con los viejos compañeros de colegio, casi 20 años después, y vuelves a sentirte aquella quinceañera desorientada a la hora del recreo que, ahora más que nunca, sabe que veía sin ver lo que pasaba a su alrededor, pero sin dejar de sentir la calidez de la nostalgia que, a estas alturas, ya ha tomado por completo las plazas de estas fiestas.

Se acerca el año nuevo, y con él se acabarán los reencuentros, las nostalgias compartidas, los brindis inesperados. Regresa el día a día, la rutina, el Tenerife de Cervera, el vídeo para el TeleNoticias2 y los partidos de los domingos. Y con todo ello se disipará este especial ambiente navideño en el que, por un momento, parece que la añoranza tiñe la vida de un color especial y te hace sentir un poco más feliz, mientras suena In my life, de los Beatles, de fondo.

Suspiro. Hay que ponerse en marcha, que la locomotora no entiende de nostalgias y las fiestas se acaban. La vida real espera, aunque ahora sólo nos apetezca acurrucarnos en nuestras cálidas nostalgias.