Por @ivanvillanua
Desde el respeto siempre. Y desde la más absoluta comprensión. Mejor morir que agonizar eternamente. Mejor atajar el dolor que malvivir sin saber cuando te van a desconectar de una vez por todas.
Hay un momento en nuestras vidas, sobre todo cuando llegamos a una longeva edad, donde el centenar de años se acerca y nuestros cuerpos se debilitan por completo. Unos llegan mejor que otros. Y hay quienes da gusto observar como, con más de 90 años, se valen por sí mismos y se han cuidado todo lo posible para llegar con vitalidad hasta el final de sus días.
Pero existe otro grupo que sufre algo más. A los que vemos pasando penurias por alargar su estancia en este mundo a cambio de dolores, ingresos y muchos calmantes. Es ahí cuando pensamos fríamente si lo mejor es seguir por un puñado de minutos más o mejor despedirnos y agradecer los buenos momentos que hemos compartido. Es una situación difícil. El peor de los debates. En el deporte pasa lo mismo.
El Uruguay Fútbol Sala está a punto de llegar a esa situación: agonizar o morir. Pelear por mantenerse y dejarse el alma buscando recursos (pese a que por muchas puertas que tocan nadie les abre), o apagar la máquina que les de la vida ahora: la de la ilusión y el empeño en conseguir la permanencia.
La reorganización tras el pufo que dejó Andrés Pedrerira está siendo perfecta. Pero también se antoja insuficiente. Por mucho peso económico que se quitan de encima las cantidades que se necesitan para sobrevivir siguen siendo elevadas. El club necesita más de 80.000 euros para terminar la temporada (ha reducido en dos semanas dos terceras partes gracias a que la plantilla se ha marchado desahogando los salarios). Pero no hay manera de que llegue ese dinero. Y el final de mes tocará a la puerta la próxima semana.
Las instituciones políticas han ayudado en todo lo posible. Pero estando en causa judicial poco más pueden hacer. Ahora mismo es un club conectado a una máquina y a su alrededor decenas de familias que dependen del enfermo para sobrevivir. Una tragedia.
Me pregunto cuánto tardará la Liga Nacional de Fútbol Sala en personarse y ayudar al club para que se mantenga hasta final de año. Porque de no poder afrontar los viajes, todo puede convertirse en un caos y lo que es peor, la imagen que quedará no será positiva. Sin comerlo ni beberlo porque los que están heredan la asquerosa gestión de un tipo que ahora disfruta del sol de Marbella mientras espera a que se sepa qué hará con él la justicia. A gustote, que diríamos aquí.
Gestionar un club es dificilísimo. Buscar recursos para mantenerlos aún más. Haga lo que haga Clemente y el resto, por mi parte los felicito. Pero soy de los que piensan que cuando el dolor es eterno, terminar con él es lo mejor. Si mueren, lo harán con las botas puestas. Y empezar de cero nunca estará de más. Esta gente lleva el fútbol sala en sus venas. Y volverán a regalarnos la ilusión. Pasen los años que pasen.