Por @jf_rojas
Recuerdo cuando durante los años noventa el fútbol era territorio italiano. Los equipos de la serie A dominaban las competiciones europeas con autoridad provocando entre rivales y aficionados una sensación muy próxima a la impotencia. Aquellos equipos tenían cierta aura de invulnerabilidad cultivada un poco por su clase de juego y otro poco por unos resultados incontestables. Era la edad de oro del resultadismo, del músculo y el físico consagrados a los sistemas defensivos, del fútbol sin concesiones. Los italianos de entonces practicaban la quintaesencia de ese juego apretado, agresivo y desagradable desde el punto de vista del espectador que hoy algunos vuelven a etiquetar como fútbol moderno. Una enorme paradoja si tenemos en cuenta que el producto procedía del país de la belleza y el arte.
Por supuesto, el éxito de esa clase de fútbol sirvió para mitificarlo durante mucho tiempo como la manera más eficiente de acercarse a la victoria. Se extendió la idea de que la fiabilidad de aquellos equipos tenía que ver con la negación del riesgo y la solidez de sus sistemas defensivos, ignorando otro dato igualmente importante: Por entonces los clubes italianos también eran los más potentes económicamente y podían fichar a los mejores futbolistas del mundo. Daba lo mismo que los equipos del calcio despreciaran la iniciativa dedicando todo su esfuerzo a anular a los rivales porque bastaba con unas pocas apariciones de sus estrellas para desnivelar los partidos. Digamos que con Baggio, Klinsmann, Weah, Zidane, Asprilla o Batistuta uno podía permitirse el lujo de no arriesgar en ataque.
Cuando veo a Cervera insistir con el modelo del año pasado o cuando le escucho desnudar su planteamiento como visitante en rueda de prensa me acuerdo de estas cosas. Siempre he pensado que precisamente, pese a lo que parezca, es el fútbol defensivo el que más depende de la calidad individual. No puede prescindirse de la iniciativa y del balón si al menos uno no cuenta con un futbolista sobresaliente que compense el desequilibrio. Por eso, propuestas como la del Tenerife en Leganés podían tener cierto sentido con un futbolista superior como Ayoze Pérez. Sin ese futbolista especial, sin el que marca las diferencias, ese estilo sólo puede asegurar aburrimiento e impotencia. Algo similar, imagino, a lo que vienen sintiendo los tifossi desde que perdieron a los mejores delanteros del mundo.