Por @beatrizpalmero
Disfrutar de un deporte como espectador y poder sentirlo es maravilloso. Y más aún cuando se añaden los nervios, el orgullo, los sueños de llevar unos colores en el corazón. Pero esos colores no existirían sin el deporte, por lo tanto me resulta un tanto absurdo y hasta grotesco que se anteponga una camiseta a cualquier otra consideración, incluso al deporte mismo.
Porque la camiseta forma parte de este mundo maravilloso y limpio que es el deporte en esencia. Y ponerla por encima de todo lo demás es pervertirla. Todos hemos dicho alguna vez que si tal o cual jugador no es digno de esta camiseta, que si el equipo no está a la altura del escudo, que si nuestra historia merece otro estilo de juego. Pero difícilmente nos recordamos justificando absolutamente todo lo que hacen todos aquellos que de alguna forma están vinculados con nuestro equipo… hasta ahora.
Desde un tiempo a esta parte asisto no sé si más horrorizada que incrédula a la perversión de las camisetas, ya no por los aficionados, sino, lo que me parece más grave, por los propios medios de comunicación. La información se viraliza y Messi es una mentira, un hormonado defraudador o, peor aún, un discapacitado mental si eres del Madrid, pero si eres del Barça, Ronaldo es un producto de marketing, creído y caprichoso, frustrado porque nunca será el mejor. Y Guardiola mea colonia y Florentino gobierna España desde el palco del Bernabéu, y la selección aburre como aburría el Barça porque no era el Madrid y poco importa si el resto del mundo tenía a la selección como un referente porque en España descuartizábamos a Casillas por llamar a Xavi y llevamos a los altares a Arbeloa o a Piqué según el bando.
Qué cansino. Qué cansino no poder disfrutar del mayor espectáculo que nos puede traer el fútbol, el Mundial, solo porque llevamos una camiseta puesta cuando nuestro equipo no está jugando. Qué daño se hace así al deporte, porque dejamos de ver el deporte para adaptarlo o, mejor dicho, deformarlo para que se adapte mejor a nuestra camiseta. Y así, no disfrutamos de Messi, aunque no lo hayamos visto a su mejor nivel, ni disfrutamos de Cristiano, ni de Neymar, ni de Benzema y sólo vemos malos jugadores, traidores, idiotas, enemigos. La hierba no nos deja ver el bosque. Y no disfrutamos del maravilloso paisaje que nos ofrece.
Me da miedo que esto llegue hasta la puerta de nuestras casas. ¿Se imaginan que llegara un momento en que justificáramos momentos como los vividos en el último descenso a Segunda B? ¿Qué todo lo justifiquemos con una conspiración externa porque odian a nuestro equipo? ¿Qué defendiéramos a muerte que unos jugadores se enfrenten a otros en el vestuario porque unos anteponen el deporte que les ha dado todo a los intereses particulares en un determinado momento? ¿Qué nos viéramos todos diciendo aquello de «al enemigo, ni agua»?
Entonces ya no habría deporte. Primero, porque la camiseta dejaría de ser algo digno que defender y, segundo, porque ya no amaríamos la camiseta por los valores que la historia le ha otorgado, por la que se ha labrado a lo largo de los años, sino por puro y vacío fanatismo.
Yo, que quieren que les diga, prefiero disfrutar del fútbol simplemente porque es fútbol, y disfrutar también con las virtudes del enemigo. Porque reconocerlas supone dar valor a tus colores cuando, a pesar de esas virtudes, superas al adversario. Prefiero mil veces el gesto del Bernabéu de aplaudir a Ronaldinho tras una exhibición que el de aplaudir que Mourinho meta el dedo en el ojo al técnico rival; el gesto del Barcelona de quedarse en el césped mientras el rival levanta la Copa que te acaba de ganar, que el de encender los aspersores para que tu rival no celebre su victoria; el gesto de reconocer que el Tenerife te ha superado en el campo al de señalar a Gracia Redondo como único culpable de no ser campeón de Liga. Lo primero nace del disfrute del deporte, lo segundo, de la obsesión por unos colores.
Y yo me niego a dejar de disfrutar de los grandes jugadores, a dejar de sorprenderme con las genialidades de un magnífico deportista sólo porque vistan la camiseta equivocada. No quiero que mi camiseta represente eso. La antideportividad. Yo siento estos colores por otra cosa.