Por @jf_rojas
Me sorprende –en esta columna vivo eternamente sorprendido- que lo ocurrido en el Siete Palmas el domingo haya provocado tal ola de estupefacción e indignación en las Islas. Más allá de las extraordinarias consecuencias deportivas que indirectamente se desprendieron de lo sucedido, yo no vi en el estadio de Gran Canaria nada que no hubiera visto o que no conociera de antemano. Puede ser desagradable que la televisión te inyecte en casa una dosis de realidad indeseada pero me parece excesivo escandalizarse por algo que es de dominio público. Solo hace falta salir a la calle o participar en algún tipo de acontecimiento que reúna a multitudes para encontrarse con gente que no conoce la educación, el civismo y el orden. No es nada que ocurra exclusivamente aquí aunque es cierto que en estas Islas, por muchos factores, la cosa se extrema.
He escuchado muchas estupideces estos días. La mayor es pretender que la horda de descerebrados que saltaron al césped representa de algún modo a la juventud canaria. Si la mamarrachada del domingo fuera representativa de algo en todo caso lo sería de la sociedad que hemos construido entre todos. No hay campo de España o incluso del mundo en el que no haya un grupo de impresentables con actitudes racistas, violentas o irrespetuosas. La diferencia entre unos sitios y otros radica en realidad en la tolerancia que ese grupo encuentra alrededor. Hay lugares en los que la violencia o la falta de educación se afean, se denuncian y se persiguen al instante. Aquí esas cosas no sólo se dejan pasar sino que en ocasiones hasta hacen gracia. Efectivamente es una cuestión de educación, pero no solo de la juventud sino de esa sociedad en la que también somos parte tú y yo.
Esto de las invasiones de campo no es nuevo. Yo las he visto con indignación en el Heliodoro sin que hayan provocado más comentarios que alguna nota marginal sobre la multa al club un par de días después. Me llama la atención que todas estas desgarradoras reflexiones a la totalidad sobre la educación de la juventud y la crisis de valores que nos afecta sean a raíz de un incidente que impide el ascenso de un equipo de fútbol. Vivimos en unas Islas en las que se viene sembrando durante décadas la cultura oficial de la verbena, la bosta de vaca y los vivas a la virgen. Encabezamos algunas de las estadísticas europeas más vergonzantes y asistimos con cara de póquer a cómo una generación bien preparada de jóvenes -que también existe y en cantidad- se pudre en la cola del paro pero lo que nos sobrecoge es la imagen que proyectamos al mundo y creamos grupos de facebook para linchar a los pobres diablos que saltaron al campo. Es difícil convivir con tanta hipocresía.