Por @beatrizpalmero
Un soplo de aire fresco. Eso ha sido este fin de semana cuando el cansancio de una larga temporada empieza a hacer mella y el oasis de las vacaciones parece más un espejismo que nunca. Con ganas de desconectar aproveché mi día libre para acercarme al Palacio Municipal de Deportes el viernes pasado y poner mi granito de arena para ayudar al Uruguay Tenerife a empatar la eliminatoria. Salí de allí con la convicción de que la próxima vez me tomaría antes una tila, pero feliz.
El domingo estaba allí de nuevo, esta vez por trabajo. Y una vez más, pude ser ese testigo que luego tiene la ardua misión de contar algo mágico. En días así, se queda uno con la sensación de que el minuto y poco de una pieza en el informativo no da para transmitir todas las emociones allí vividas. Son los días en los que tu tarea es más difícil, pero también más grata.
El lunes, ante la tarea de volver a exponer lo mismo, decidí dar una vuelta a un ascenso tan bonito. Irme al barrio de Salamanca y contar desde allí qué es el Uruguay. Como siempre, encontré plena disposición en el presidente, como la encuentro siempre en el entrenador y en los jugadores. Y allí, sentado en una banqueta en el bar José Manuel, Andrés Pedreira me contó como retomaron aquel Uruguay de los años 80 sin más intención que la de matar el gusanillo de fútbol sala, y como nunca tuvieron más sueño que mejorar cada año un poco. Y así, casi sin imaginarlo, están en División de Honor.
Al día siguiente, me tocó la ruta de los agasajos. Primero el Ayuntamiento y luego el Cabildo. Al comenzar la mañana me preguntaban: ¿prefieres ir al entreno del CD Tenerife? No cambié los planes. Me encanta entrar a los sitios y sentarme a observar como jugadores, técnicos y directivos de un equipo de Primera División se mueven con total naturalidad, con una cercanía abrumadora en situaciones nuevas para ellos. Porque me imaginé muchas veces a Andrés Pedreira en esas mismas instituciones, eso sí, en salas no tan nobles, vendiendo su ilusión.
«Eso es lo que hacemos», me decía Andrés, «vendemos ilusión». La ilusión de seguir siendo, incluso en los éxitos, un equipo de barrio, y no como algo despectivo, «sino como un valor». Y después de varios días siguiendo sus pasos, uno no se cansa de encontrar lo mismo que ha encontrado siempre, incluso cuando los medios, por falta de recursos o, a veces, de ganas, molestábamos más que ayudábamos.
Alcalde y Presidente Insular les felicitaban por llevar el nombre de la ciudad y de la isla a lo más alto, encantados de tener un vehículo más de promoción. Carlos Alonso les lanzaba el reto de seguir creciendo y tocar Europa. Yo, refrescada por esa manera natural de hacer y entender el deporte, les voy a pedir algo más fácil. Que sigan siendo ese equipo de barrio tan fácil de querer.
Y en realidad sé que ni siquiera me hace falta pedirlo. Afortunadamente, les va en el ADN, así que sólo les digo, gracias. Por recordarnos, una vez más, que el deporte puede ser algo terriblemente humano y emotivo. Algo tan sencillo y natural como sentarse en un bar a tomar café y disfrutarlo.