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40 años

Por @beatrizpalmero

Ahora que he soplado las 40 velas sobre una tarta apenas unos días después de que se cumplieran dos décadas desde la mayor gesta blanquiazul, la consecución de la semifinal de la Copa de la UEFA, me ha dado por pensar en que podría contar mi vida intercalando recuerdos blanquiazules.

Este fin de semana se cumplían 20 años de la mayor gesta blanquiazul, la consecución de la semifinal de la Copa de la UEFA, apenas un par de días antes de que yo cumpliera 20 más. Y como si no hubiera escuchado mil veces antes ese tremendo topicazo me he dado cuenta de que el tiempo pasa en un abrir y cerrar de ojos. Y mirando esas cuatro décadas que tengo a mis espaldas descubro que hay una constante en todas ellas: podría contar mi vida hilando recuerdos blanquiazules.

Y es que la única vez que pude volver desde la Península durante mis años de estudio de Periodismo más allá de las vacaciones de Semana Santa y Navidad fue, precisamente, para ver el partido de ida de los cuartos de aquella UEFA ante el Brondby. La economía mandaba y, normalmente, en los puentes y fiestas prácticamente me quedaba sola en Salamanca mientras todos volvían a sus casas. Mis padres hicieron una excepción aquel año. Pero el fútbol era solo una excusa. Fue la última vez que vi a mi abuela, yo no lo sabía. Ellos sí. Se fue unos días después, como si me hubiera estado esperando.

Un mes más tarde, cuando se llego a la prórroga en el Parkstadium tuve que llamar a a mi residencia de estudiantes para poder retrasar mi hora de entrada al menos 30 minutos y ver el final del partido. Los martes ponían Médico de familia (con Emilio Aragón al frente) y era imposible ver fútbol en una residencia femenina con solo una tele. Sor Manoli, futbolera ella, me dio permiso. Cuando llegué llorando como una magdalena después de aquel gol de Wilmots me dijo que si lo hubiera sabido me habría denegado el permiso.

Muchas compañeras nunca entendieron aquellas lagrimas. Y como explicarlas a quien no ha sentido nunca la pasión por un equipo. Algunos años después, haciendo las prácticas en Antena 3 Tenerife, una de ellas intentó ridiculizarme ante el Jefe de Informativos, Víctor Padrón contando aquella anécdota y apostillando que lloraba como si fuera algo importante. Nunca olvidaré su respuesta: «Imagínate lo importante que era que hicimos el informativo en directo desde Alemania». Para mí ya era un honor aprender de primera mano de Asun Hernandez y Juan Carlos Castañeda.

Con él viví trabajando mi primer ascenso, en Radio Myd, el primer año de mi vida laboral. Fue el ascenso del Tenerife de Benítez, del golazo de Hugo Morales. Me tocó hacer la continuidad y lo hice enfundada en la camiseta conmemorativa del Alavés que, poco antes, había logrado alcanzar la final de la UEFA y que me había regalado mi tío Pruden, que se fue hace tan solo unos días. El anterior ascenso a Primera, el de Benito Joanet, me lo perdí. Tras sufrir toda la temporada y vernos condenados a disputar la promoción, no pudimos ir al histórico encuentro ante el Betis. Mi hermana se marchaba ese día a Irlanda a un curso de verano y tuvimos que llevarla al aeropuerto del sur. Me recuerdo cantando los goles  en el Reina Sofía con la radio pegada a la oreja con apenas 12 años. El último, lo viví en primera fila, acompañando al equipo en cada desplazamiento con la Televisión Canaria, en el que fue uno de mis mejores años profesionales y uno de los años más difíciles en lo personal, al abandonar el nido definitivamente y dar uno de los osos más importantes de mi vida.

Ocho años después, mi vida profesional  ha cambiado radicalmente mientras aprendo a ver de nuevo el fútbol desde la distancia que da la grada. Veo como la ilusión blanquiazul llena de nuevo el Heliodoro y me pregunto si, una vez más, ligaré los grandes acontecimientos de mi vida con un recuerdo azul y blanco.