Por @beatrizpalmero
No tengo hoy más palabras de las que me salen de las entrañas. Los canarios hacemos rápido piña pero es que, además, por alguna razón, a lo largo de los años he hecho valer el lema de “pon un palmero en tu vida”. Tal vez predestinada por llevar como apellido el gentilicio de La Palma, donde quiera que he ido a parar, he tropezado con maravillosos naturales de esa isla con los que he compartido grandes tramos de este camino que es la vida y que se han quedado en ella de forma permanente.
Visité por primera vez La Isla Bonita al llegar a la Universidad, pues Salamanca puso a las primeras palmeras en mi vida. Me estrené en ella con la romería de El Paso, una caminata y un baño inolvidable por la Caldera, unos largos en Puerto Naos y unos chupitos en “El Borrachito” con los que me hice hija adoptiva. Volví muchas veces a ver a mi amiga Laura, que también me invitó a vivir una bajada con mi hermana (quien luego viviría varios años en Los Sauces); volví a su boda y a conocer a sus hijos; volví con mis amigos, con mi pareja, a las concentraciones del CD Tenerife en La Palma Romántica…
Y seguí poniendo palmeros en mi vida. En Antena 3 Tenerife, conocí a Yoe, que me descubrió lo importante que es formar equipo con tu ENG para hacer un buen trabajo en televisión; en Radio El Día me tropecé con una de las mejores jefas que he tenido en mi vida, Sonnia, de la que aprendí muchas cosas del oficio de periodista que luego puse en práctica. Televisión Canaria puso en mi vida a Mariana y a Willy, con quien compartí muchísimos fines de semana en la redacción de deportes, además de mucho estrés y muchas risas, para qué negarlo, y con quien he vivido momentos muy buenos y otros no tan buenos.
Con él, precisamente, he sentido la parte dramática de este volcán, porque la otra, la de la persona curiosa que de pequeña descubrió lo fascinante que era vivir en unas islas volcánicas gracias a unos maravillosos cómics de Poli Carracedo (y que, inexplicablemente, llevan años descatalogados), la he sentido con fascinación desde que se abrió la fisura en Cabeza de Vaca este domingo. Apasionada de los volcanes desde entonces, he leído siempre mucho sobre la naturaleza de nuestras islas, los caprichosos paisajes que crea y el porqué de las formas y los colores que forman parte de nuestra idiosincrasia. Ver en directo en una erupción es hipnótico para los que nos hemos acercado, aunque sea de manera autodidacta a estos fenómenos. Pero la parte humana, esa no la lees en los libros.
He llorado con Willy cuando la colada de lava llegó a Las Manchas y sepultó los lugares en los que se crió, me salieron las lágrimas sólo al pensar en esa sensación de ver como una parte de tu pasado se volatiliza. No es una sensación nueva para mí. Todos alguna vez hemos perdido físicamente una parte de nuestra vida. Y en ese momento, no hay palabras. No hay palabras para el que pierde su casa, con toda su historia dentro; para el que pierde su granja o el terreno que durante años ha cultivado bajo el sol; para el que no puede regar su finca y va a perder el trabajo de todo el año y está angustiado por las deudas que van a lloverle; para el que ha perdido su negocio y no sabe desde donde llegará el sustento a partir de ahora. Para ellos, no hay espectáculo que valga y recordarán este momento histórico como el más desgraciado de sus vidas. Para todos ellos es para quien me salen las palabras ahora. Y sueño con que, como el ave Fénix, puedan resurgir de las cenizas que deja a su paso este volcán y vuelvan a volar sobre la Isla Bonita, como siempre han hecho. En La Palma está su vida y la encontrarán en ella otra vez.