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Sacar la rama

Por @beatrizpalmero

Noviembre a las puertas, y sin rastro del otoño. Las chaquetas cogiendo polvo en el armario y ni una triste gota que alegre el campo y le anime a vestir el verde, como los que se tienen por guapos. Miro hacia el cielo, y veo los restos de calima. Y, de repente, me veo tarareando la melodía de aquella canción de Mestisay: “Agüita, agüita, que la rama está sequita…” Y pienso que no estaría mal que sacáramos la rama, como en Agaete, y clamáramos al cielo a ver si al fin llega la lluvia.

Y pensándolo mejor, igual deberíamos trasladar el ritual al Heliodoro, a ver si además de agua nos llega también la lluvia de goles, que nos hace falta. Cierto es que se dan todas las condiciones: hay nubarrones que de vez en cuando cruzan el área rival, alguna ráfaga de viento parece a punto de empujar el balón hasta la línea de gol y hasta algún relámpago seguido de algún trueno nos hace estremecer pensando que ya va a llegar… pero luego la nada.

Así que tal vez la próxima promoción blanquiazul debería ser regalar una rama con cada entrada para luego depositarlas en la imagen de la Virgen de Candelaria. O tal vez deberíamos sacar a San Benito en peregrinación hasta Santa Cruz, acompañado de ganado y carretas para pedirle que la tierra de los frutos de un buen trabajo. No nos olvidemos de llevar huevos al convento de las clarisas y hasta se podría proponer plantar una sabina al lado del Heliodoro a ver si por la gracia de nuestros ancestros nos provee de goles como el Garoé proveyó de agua a los bimbaches.

Y vale aquí cualquier superstición que le puedan añadir: hacerle un sahumerio a las porterías del Heliodoro, llevar la misma ropa que llevaron la última vez que el Tenerife marcó o cualquier otra cosa que se les ocurra. Porque, si los de Martí juegan como lo hicieron ante Espanyol y Osasuna, no hay poco más que hacer. El equipo puso actitud, fútbol, oportunidades… Pero cuando ni los penaltis quieren entrar ya no es cuestión del equipo, del entrenador o del director técnico. Sólo es cuestión de que cambie la veleta y la suerte nos sonría.

Eso sí, para recurrir a eso fuera de casa aún nos queda un trecho, que la suerte, como todo en la vida, hay que trabajarla. Y sin trabajo, no hay ruego que valga, ni santo que escuche.