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La fascinación por un ídolo

Por @beatrizpalmero

 

 

La primera vez que recuerdo verlo jugar fue en Roland Garros, a finales de los ochenta. En casa siempre hubo predilección por el tenis y no nos perdíamos nunca una cita televisada, ya fueran los partidos de Grand Slam o los partidos de dobles de Sánchez Vicario y Casal. Yo tendría poco más de diez u once años y enseguida me llamó la atención aquel estilo desenfadado, tan diferente a lo que estaba acostumbrada a ver sobre una pista. Me hice fan de aquellos pantalones vaqueros y anhelaba secretamente uno, que nunca tuve. Recuerdo perfectamente su primera final sobre la tierra de París, ya en el 90, con Andrés Gómez, pero sobre todo aquel Wimbledon de 1992, donde al fin lo vi ganar. Yo estaba en Dublín, donde pasé dos veranos haciendo un largo cursillo de inglés de seis semanas, y, en los pocos ratos que estaba en mi casa de acogida, procuraba ver el tenis primero, los Juegos de Barcelona’92 después.

Siempre me gustó esa garra que mostraba, que me parecía tan propia de los latinos, y que no veía en otros tenistas de la época como Edberg, Becker o, después, Sampras, cuyo tenis siempre me pareció soberanamente soso, por mucho que fuera el predilecto de mi madre. Pero, claro, las madres no podían mirar con buenos ojos a un tipo como André Agassi, con aquellas greñas y aquellos colores tan poco convencionales entonces (el tenis, como todo, ha cambiado mucho, nunca vi a nadie escandalizarse mucho por las camisetas sin mangas de Rafa Nadal o sus pantalones a cuadros).

Tampoco era un tenista excesivamente regular, pero Agassi siempre parecía resurgir de sus cenizas, cual Ave Fénix, y acabé dando por sentado que, tarde o temprano, siempre volvería para ganar, y qué feliz me hacía entonces. Cuando él jugaba, rara vez no me sentaba a ver el partido entero  en una época en la que disfruté del tenis como nunca, en la que los españoles también hacían estragos en París (Sergi Brugera, Albert Costa, Moyá, Ferrero…) mucho antes de que Nadal y Federer me engancharan otra vez al tenis como entonces.

También recuerdo verle jugar por última vez. Fue con Baghdatis, en su último Open USA, en 2006. Yo estaba de vacaciones en Budapest y me quedé a verlo de madrugada totalmente hipnotizada por el extraordinario partido que disputaron los dos. Ahora sé todo lo que había detrás, lo mucho que sufrieron ambos, y que acabaron tendidos en sendas camillas en los vestuarios presas del dolor. Y todo gracias a la magnífica biografía de Agassi que cayó en mis manos por mi cumpleaños. Capaz de hacerme saltar las lágrimas o de provocarme una carcajada. Absolutamente genial. Y muy recomendable para aquellos padres empeñados en hacer que sus hijos sean estrellas del deporte. Porque pueden hacer que sus hijos sean extraordinariamente desgraciados y que tarden años en encontrar su lugar en el mundo. Con estas memorias, entendí su irregularidad, sus demonios interiores y su aparente rebeldía que, en realidad, a mí siempre me pareció un derroche de personalidad.

 

Ahora, más que nunca, soy muy fan de Agassi. Ahora entiendo por qué me fascinaba. Cuántas enseñanzas sobre la vida en un solo libro.