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Me olvidé del fútbol

por @juanjo_ramos

Ya se acaban. Este domingo se marchan para no volver hasta dentro de cuatro años. Nos dejan huérfanos de emociones. Río de Janeiro despide sus Juegos Olímpicos y entregarán el testigo a Tokyo 2020. Largo recorrido para los que, durante 16 días, vivimos de un modo casi adictivo consumiendo todas las disciplinas posibles. Trasnochando incluso si el cambio horario, como ha sucedido esta vez, obliga.

Pero ha merecido la pena. Los más de 10.500 atletas participantes en el mejor evento deportivo del mundo han puesto en valor la humildad y el trabajo. Los Juegos, en definitiva, nos enseñan el camino para triunfar en la vida: no creerse más que nadie, trabajar como el que más y disfrutar al máximo de casa paso.

Grabadas en la retina quedan mil imágenes, como la doble fractura de tibia y peroné del gimnasta francés Ait Zaid. O la caída de Hambling y D’Agostino en 5.000 metros, que se ayudaron para alcanzar la meta y cumplir, ya sin el premio de las medallas, con el espíritu olímpico. Por supuesto, éxitos como los del japonés Uchimura o la estadounidense Biles en gimnasia, la confirmación de Ledecky en natación o el increíble récord de Van Niekerk en los 400 metros lisos. Despedidas de mitos del olimpismo como Michael Phelps o Usain Bolt. Por supuesto, por la puerta grande: ganando. Y, claro, nuestro país. Con sus medallas y sus decepciones. Pero también con ídolos, los que estaban y los nuevos.

Mireia Belmonte representó la escalada hacia el éxito, la confirmación del esfuerzo como mejor manera para alcanzar los objetivos. Eso dicen sus dos medallas. Rafa Nadal repasó lo que lleva predicando desde su eclosión como estrella del tenis: sus valores. Con él reaprendimos a ganar (el dobles) o perder (individual) dejando todo sobre la pista. Saúl Craviotto nos recordó que existen disciplinas amateurs que nos hacen sentir orgullosos. Él, policía nacional de profesión, volverá a patrullar una semana después de hacernos saltar y llorar con su oro. Maialen Chourraut nos inculcó que familia y deporte pueden (y deben) ir unidos. Lo hizo siendo madre y poniéndose en forma luego para ganar el oro que le negó la suerte en Londres. Carolina Marín nos enseñó a rebelarnos contra la adversidad, ganando donde muchos le decían que era imposible. Y nos dieron ganas de pelear… pero solo para ayudar a Eva Calvo o Joel González en el taekwondo. Hasta reforzamos los valores de grupo viendo a las dos selecciones de baloncesto.

No todo fue bueno. Esperábamos más de las “guerreras” del balonmano o el waterpolo. Quedó confirmado que algo no funciona en la vela o la sincronizada y que hay disciplinas en las que parece que España nunca tendrá éxito.

Pero la mejor enseñanza tiene que ver con lo que nos hizo olvidar: el fútbol. Ese deporte corrompido por el negocio al que volveremos a engancharnos ahora que empieza la Liga, que el Tenerife vuelve a soñar con el ascenso y todo eso. Pero permítanme antes que saboree las últimas cucharadas de Río, un plato que no volveré a probar hasta dentro de cuatro años.